Castillo de arena
La chica venía por la cala a menudo, bastante a menudo. Le gustaba ir descalza por la arena, pedir sus deseos a la mar mientras se mojaba los pies en sus gélidas aguas. No faltaba ni un solo día, ya lloviese o hiciese un sol radiante, como si la mar fuese a concederle aquello que anhelaba.
La primera vez que vine a la cala fue por petición personal del mago. No le podía decir que no, al fin y al cabo parecía muy entusiasmado con que fuera a esta pequeña playita. Dijo que había hecho algo que debía custodiar para que las olas no se lo tragaran. Y al llegar lo vi, un castillo hecho de arena, más grande que yo desde luego, pero me quedaba pequeño para vivir. No había duda, esto era lo que el mago quería que guardara para él hasta el momento en el que lo volviera a necesitar.
Pese a ser un día nublado en el que parecía que la lluvia estaba a la vuelta de la esquina, lo que el mago había hecho se mostraba tan majestuoso que realmente sería muy triste que alguien lo destrozara, o el mar se lo tragara. Seré un muñeco de esparto, pero algo de magia tengo en mi, y es lo que me hizo crear una cúpula alrededor de ese castillo, y con mucho esfuerzo levanté aquella bola que protegía la primera obra del mago.
No creo que al mago le guste que diga donde lo escondí, pero estaba seguro de que nadie miraría en aquella roca de la playa. Fue justo cuando lo escondí, que apareció una linda muchacha que bajó a la orilla de la mar, y se estremeció cuando el agua helada del norte toco sus pies descalzos. La vigilé desde el escondite donde había guardado el castillo, y todos los días venía en peregrinación a la mar, como si le estuviera ofreciendo una plegaria. Todos los das durante los dieciséis inviernos que llevo custodiando el castillo del mago.
Quizás dieciséis años no son nada para un muñeco de esparto, pero aquel pequeño niño se había hecho un hombre, y la niña que diariamente visitaba la playa se había hecho toda una bella mujer. «Un día yo regresaré cuando ella no lo espere» había dicho el mago, pero no entendía muy bien porqué me dijo aquello, si el mago no conocía esa mujer que todos los días mojaba sus pies en las aguas de la mar.
«Debes colocar el castillo a su vera y sabrá quien soy». Estaba claro, aquel era el momento, sabía que debía colocar lo que aquella bola protegía junto a la chica, y con gran esfuerzo lo trasladé, pero me vio antes de colocarlo, nuestras miradas se cruzaron, sentí un pálpito en mi corazón de trapo. Era ella. La brujita del mago. Y a mis espaldas caminaba él, que se acercaba poco a poco a ella.
Pude ver como con un solo gesto con la mano derecha, la cúpula se desvanecía y aquel hermoso castillo de arena se hacía más y más grande. Ahora ya no se me hacía pequeño, desde luego. Ella fue corriendo hacia el mago y ambos se fundieron en un abrazo de los más bonitos que los botones que tengo por ojo han visto nunca. El enorme castillo ocupaba casi la totalidad de la cala, pero a ninguno pareció importarle.
Fue cuando caí en la cuenta que nunca hubo un niño que hiciera el castillo ni una niña que bajara siempre a la mar deseando su reencuentro, siempre fueron ellos dos, el niño y la niña, el mago y la brujita.


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