En busca de Totoro


A todos los desgraciados que vamos en transporte público, a pesar de contribuir a la mejora del medioambiente, nos ha pasado alguna vez la feliz coincidencia de habernos equivocado de autobús, y con filosofía hemos decidido seguir adelante en esa línea para ver dónde nos llevaba, y así descubrir nuevos sitios de nuestra ciudad.


Esta historia comienza a las siete de la tarde, había terminado las clases, y me disponía a volver ya de otro día bastante cansado, pero no tanto como el día anterior, la cuestión es que esperando al autobús de la línea 3 se aproximó el de la línea 6, al abrirse las puertas ante mi, simplemente, me monté, a ver qué pasaba.

Hubo un momento que siguió la trayectoria normal de la línea que quería coger, hasta que por razones de predestinación, se desvió en una dirección perpendicular a la que yo quería. Aunque sabía perfectamente que la trayectoria que tomaba este autobús era un pequeño rodeo por lo que es Triana y los Remedios, al montarme no le di mayor importancia.

Ver aquellos edificios me hacía pensar: “Por aquí he pasado con la bici” Sin embargo había algo diferente, la luz no era la misma, ni tampoco el medio de transporte. Además, continuó por una parte por la que nunca había ido con la bici, me hacía pensar en lo grande que es Sevilla, a pesar de no ser de las más grandes del mundo.

Con tranquilidad, observaba la forma de los edificios, las terrazas que tenían los primeros, algunos contaban y todo con una ampliación de esta con el patio del edificio. Pocos kilómetros más allá había dos edificios juntos, con una pequeña separación entre estos de unos escasos cuarenta y cinco grados, donde el primer piso había hecho una pequeña terraza, pero destacaba por la cantidad de vegetación que había en aquel sofocado balcón, sobre todo contando con la poca luz que este recibía.

Esto hace pensar, cómo en una ciudad de un tamaño relativamente grande sobrevive la naturaleza fuera de los espacios destinados únicamente a ella, es como una victoria de lo natural, una victoria frente a lo artificial, lo hecho por el ser humano, que no necesariamente tiene porqué ser bueno.

Entre tantos edificios de vez en cuando se podía ver un parque infantil, con miles de crios jugando, ajenos a todos los problemas del mundo, mientras sus madres, y algunos padres, ejercían su labor de vigilantes atentos, cuidando en todo momento de sus hijos.

El humano, que le gusta encasillar y cuadricular cosas, aquel que no sobreviviría mucho y por sí sólo en plena naturaleza, aquel que con su psique superior es capaz de hacer cosas tan superioras como guerras, torturar a sus iguales, con su superior psique consigue discrepar con otros y…

El autobús retomó su ruta habitual, la que coincidía con el que cojo a diario, todo volvía a ser igual, monótono, aburrido, en general, pero esa tarde, por lo menos, había disfrutado de un pequeño paseo por mi ciudad que no había hecho nunca, o eso creo. Con filosofía incluida, y despertando, de nuevo, mi deseo por una vida en naturaleza, mi utopía personal, esperando a que algún día se cumpla este beatus ille, o locus amoenus.

Fue bajarme del autobús y encontrarme una muy agradable sorpresa, lo que hace que el día se llene de alegría.

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