Monstruo en casa

Apareció con un semblante hostil y en la mirada una carencia en casa de su padre. Las palabras apenas le salían de la boca. Tres días habían pasado, tres días en un infierno que sólo sería el principio de una desgraciada vida que cobraba como castigo por el pecado cometido.


– Papá, esto que te voy a decir te va a costar asimilarlo.

–Hijo, ¿dónde te habías metido? Llevas tres días sin responder una llamada.

–Estuve junto al cadáver de mi mujer. Llorando–su padre abrió los ojos como platos como pidiendo una explicación–. La he matado. Todo empezó cuando nos casamos, todo empezó en el momento de conocernos, ella era buena conmigo, quizás demasiado, pero, tenía sus defectos.

»Dejó de salir con sus amigas, sólo podía salir conmigo, que para eso soy…era su marido, nunca aguanté a esas cotorras librepensadoras que sólo sabían amargar la existencia a todo el que tienen alrededor. La obligué llevar grandes abrigos incluso en agosto, pues no debe provocar a más varones que a mi. Y entre sus deberes se encontraban el trabajar para mantenernos a ambos, y debía cocinarme… todas las veces que quisiera. La comida debía estar exquisita y nunca, nunca poner el mismo plato que ya hubiese puesto en la misma semana, y, por supuesto, no repetir el menú semana tras semana.

»Sé que nunca llegué a trabajar, pero es que nadie acepta a un tipo sin estudios, pero, ¿quién me dice a mi que no tengo dotes de líder? Sus piernas estaban abiertas ante mí siempre que quería, y le estaba terminantemente prohibido rechistar–rió amargamente–. Claro, ella encontró trabajo antes que yo, todo el mundo aprecia un graduado universitario, pero, con uno por casa basta, ¿no? ¡Qué trabaje ella!–volvió a emitir un amargo sonido parecido a una carcajada–. La vida era cómoda, papá, muy cómoda.

»Fregar los platos, el suelo, limpiar la casa, lavar y tender la ropa… la nimiedades que una mujer debe hacer, ¿no?–otra carcajada–. No me iba a dignar a bajarme a ese nivel–su padre miraba con horror al monstruo que había criado como hijo–. ¿Verdad, papá?

»No podía resistirse, era imposible resistirse a mi. ¿Ves estos dos?–enseñó sus bíceps, algo flácidos pero aún tensos de un pasado en el que se tonificaron a fondo–. Sin duda el método más efectivo. Nunca me arrepentiré de haberme metido a ese club de boxeo. Siempre que algo salía mal, que no estaba en su sitio o que, simplemente, me apeteciera, estos nudillos acababan en su cara, o en las tetas–su semblante se desfiguró completamente al intentar sonreír con lascivia–. Nunca le hacía mucho daño, sólo eran… caricias. Una paliza como la que le daría a un hombre nunca, al fin y al cabo ella era una mujer.

»Pero ese día se negó a hacerlo, ya no era una mujer, amenazó incluso con dejarme, con que si volvía a ponerle una mano encima me mataría ella con sus propias y débiles manos–volvió a reír–. Tontería semejante no podía tolerar, no podía, me era imposible dejarla así sin dejarle un ojo morado, un brazo roto o la mandíbula desencajada. Así demostraría quién manda.

»Pero con el último puñetazo cumplió su amenaza. Nos dejó…me dejó.

Hubo un momento bastante incómodo de silencio entre el padre y el hijo, el progenitor estaba atónito con lo que estaba escuchando, bien sabía el tema de los malos tratos hacia su nuera, pero jamás alzó una palabra, estaba seguro que no era para tanto, pero eso…

–Hijo, ¡qué has hecho! ¿¡En qué clase de hombre te has convertido!?


–No intentes ahora arreglarlo, porque tú me lo enseñaste. Seguí tu ejemplo. El ejemplo que me enseñaste con mi madre.


Comentarios

más leídas