Siempre mañana

¿Qué hace feliz a un hombre? La pregunta me perseguía como mi sombra adonde quiera que vaya. Pero va más allá, pues mi sombra desaparece en la oscuridad, pero ella no. En medio de mi soledad encuentro mil respuestas que pueden durar tan poco como lo dura el dinero, el amor pasional o la fama. Dura tanto como el tiempo en el que te das cuenta que deseas algo infinito y ves que estas intentando saciar ese deseo con cosas finitas.


Me gusta conducir de noche. Es una manera de encontrarme conmigo mismo. Tan sólo yo y el ruido del motor. Apago la radio para escucharlo solo a él. Si hubiera pasajeros hace rato que ya estarían dormidos, soñando con sus vidas, sus preocupaciones, sus problemas y su incansable búsqueda de la felicidad que nos define. Solo yo, la carretera y el constante runrún de un motor que me lleva a ninguna parte, con la luna como única fuente de luz, alumbrando todo el camino. Nada más importa.

De pronto, al mirar por el espejo retrovisor, me asombro al ver un hada sentada en el asiento trasero. Pienso en frenar en seco, pero algo me dice que no es peligrosa. Entonces me hizo la pregunta que llevaba ya tiempo en mi cabeza: «¿Qué hace feliz a un hombre?». En la luna del coche aparecen escenas de billetes cayendo del cielo, la silueta de una mujer acercándose, me veo a mí mismo al mando de una gran empresa, un suculento banquete…

«Si te diera a elegir tres deseos, ¿qué elegirías?» podría haberme preguntado, pero en su lugar me dijo: «Yo antes concedía deseos, pero todos pedían cosas que creían que les hacían felices, pero ninguno pedía la felicidad. Ahora tan solo puedo ofrecerte esto». Los cristales del coche me mostraron una carretera de montaña con el mar al fondo, luego cambió a un desierto por el que el coche avanzaba sin mayor problema. Después me mostró un enorme puente que atravesaba un lago. 

No comprendía muy bien lo que estaba intentándome decir. El coche seguía pasando por paisajes que me hicieron dudar que estuvieran en la Tierra. «Solo puedo ofrecerte la belleza de la nieve en invierno, la alegría de la primavera, la tranquilidad del mar en verano y la nostalgia del otoño. Puedo ofrecerte ciudades y su historia, pueblos fantasma que ya pasaron a esta. Te ofrezco una luna que contemplar cada noche y un sol que caliente tus días. Te doy el tiempo que dure tu vida para disfrutarla».

El sol empezaba a asomarse por el horizonte, iluminando todo el cielo de un color celeste. Por el espejo retrovisor aún veía el firmamento, oscuro, pero lleno de estrellas. Las farolas, aún encendidas creaban fantasmas que iban y venía sobre el volante. El logotipo de Renault brillaba con cada destello de las farolas. «Podría ofrecerte más dinero del que puedas imaginar, tanto poder como para ser el dueño del universo... Pero no es nada que no puedas conseguir por tu cuenta: te ofrezco el mañana».

Cuando los primeros rayos de sol se dejaron ver, iluminando el camino, pude contemplar por el retrovisor cómo el hada desaparecía envuelta en una nube. Comprendí que aquello que me estaba ofreciendo era un futuro para afrontar, un futuro que no deja sitio a los cobardes. Amanece un nuevo día cargado de posibilidades, alegrías y penas por vivir. Un día nuevo, como una nueva vida. Cargado de esperanza, dispuesto a caer, levantarme, a insistir de nuevo, a aprender, dejando al ayer en el pasado.


Nunca sabré si el hada era real o un producto de mi imaginación, pero me concedió un deseo que nadie había formulado, me concedió la capacidad de darme cuenta que siempre hay un mañana.


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