La matrioska

Llega diciembre, llega la nieve. Los copos caen lentamente, como si estuvieran relajados, disfrutando de cada segundo de su lenta e interminable caída. Dentro de la cabaña se está bien, aquí no nos afecta el frío, una gran chimenea lo combate, y de momento le está ganando. Sentado en su estudio, alumbrado con un flexo, está aquel anciano concentrado en su trabajo.

La única música que se puede escuchar en este momento es el tosco sonido de una navaja de metal contra la madera, raspando y raspando. La cara del anciano era de profunda concentración, y aunque su densa y cana barba y bigote no lo dejaban ver tenía una característica expresión trabajando: el labio superior pisaba al inferior mostrando una cara similar al pico de un pato. Raspaba y raspaba la madera, dándole forma hasta que la superficie resultara la que él quería. Lo cortó por la mitad y fue vaciando el interior de las dos mitades. 

Se notaba ya el frío de diciembre, había llegado el invierno, el más crudo invierno, aquel en el que el agua sale helada del grifo, y hay que tener cuidado que no se congele en las cañerías, aquel que no te permite pisar el suelo más que lo más justo y necesario, aquel que te impide salir de aquella cabaña sin un abrigo gordo, guantes y demás munición invernal. El de los besos en las heladas mejillas, el de la ráfaga de aire que corta el aliento, el que está fuera de las paredes de esta cabaña.

El anciano iba lijando poco a poco toda la superficie de aquella muñeca de madera que estaba creando, comprobaba que las dos mitades encajaran bien. Esbozó una sonrisa como si fuera un padre que escucha una patada de su hijo en el vientre de su madre. Apartó a la muñeca «matriarca» y repitió el proceso con una de las pequeñas. Otra vez raspando y raspando la madera con su vieja navaja.

La desmelenada cabellera del anciano se interponía entre sus ojos y su obra, con un simple movimiento de cuello se apartaba de manera, tal vez poco productiva, pero a él le servía para seguir concentrado en lo que iban a ser unas muñecas hermosas. La mesa estaba llena de las virutas que la madera iba soltando con el paso de la navaja que el anciano no se molestaba en limpiar. De nuevo la lija repasó la muñeca pequeña, y volvió a empezar con una nueva.

Hubo terminado, después de hacer otras seis, una pequeña muñeca, esta no estaba hueca, que fue la primera que su pincel tocó y fue dibujándole una bella carita de niña cubierta con un pañuelo naranja y vestida con un colorido vestido entre rojos y amarillos con una hermosa rosa diminuta en su centro. A su imagen y semejanza, variando colorido, tonalidades y la flor que en su vientre dibujaba, fue pintando a las demás muñecas hasta tener toda una familia de muñecas.

Cada cual más bonita, cada cual más bella, pensaba el anciano mientras contemplaba las matrioskas cuando se estaban secando la pintura. Estaba maravillado mirando las muñecas como si fueran sus propias hijas, suspirando. Cuando estuvieron secas fue metiéndolas una dentro de la otra a hasta quedarse con aquella matrioska primera. Quizás no eran perfectas, pero estaban hechas con todo el corazón de aquel viejo hombre.

Cogió la muñeca entre sus manos, con la delicadeza de quien coge una vida recién llegada a este mundo, y con sus labios le regaló un alma con un beso en la frente.



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