El gran dictador
Alza tu mano, grita mi nombre cada vez que saludes, cada vez que veas tu bandera ondear al viento. Alza tu puño, en señal de libertad grita el lema de la revolución, recuerda que aunque yo mande, todo el poder lo tiene el pueblo. ¿Qué más da si ante el rojo de nuestra bandera se muestra una esvástica o una hoz y un martillo? Yo soy el dictador, te obligaré a hacer lo que yo quiero que hagas y a pensar lo que yo quiero que pienses.
«Los otros, esa chusma que nos estuvo oprimiendo durante tanto tiempo, aquellos a los que, por pensar distinto a nosotros perseguiremos hasta erradicar su errante ideología. Impondremos, si hace falta por la fuerza, mi forma de pensar en nombre de Dios o en nombre Stalin, del orden o del pueblo». Ya todo ese bélico discurso me da igual, ya tengo el poder, y de aquí no me echan ni con agua caliente. Ahora soy la voz del pueblo, y el pueblo hablará lo que yo diga.
Mi inconfundible estética e indumentaria me diferencia de todo aquel que gobernara antes esta gran nación. Un bigote de cepillo, una barba poblada y sobre la cabeza una boina con el símbolo de la estrella roja, la esvástica del horror en el brazo, el pelo perfectamente engominado, un poblado bigote tan característico como un chandal con la bandera de esta nuestra nación. Todos recordarán mi nombre. Todos sabrán quién soy yo, me amarán quién aprecie su vida, me temerán quién ose no arrodillarse ante mi figura.
Mi apellido dará pie a toda una ideología, mi descendencia continuará mi legado para conservar el orden de la nación. Tan sólo hizo falta un golpe de estado bien pensado o unas elecciones en las que dije todo lo que el pueblo pensaba, con ayuda de mi carisma, para llegar adonde estoy y tener a un pueblo con los talones juntos alzando la mano y la cara al sol, o que vivan en mi utópica distopía de igualdad, gracias a mi revolución al son de una arcaica internacional.
Tengo la prensa comiendo de mi mano, si yo quiero publicarán todas mis maravillas cada día. Artículos que demuestren que nuestro país es el más feliz del mundo por mi mandato. Columnas y columnas plagadas de crímenes atroces que demuestren la necesidad de nuestras fuerzas del orden. Coloco a mi familia y amigos en los puestos más importantes, y a ver quién es el valiente que ose alzar su voz en mi contra. Aquí, ahora, las cosas se hacen porque yo lo dicto.
La democracia ha terminado, no quiero volver a hablar de ella. Soy el máximo libertador del pueblo, la expresión libérrima de este país… y ni que decir tiene, yo soy el más libre de esta nación. Si yo lo digo, todo el pueblo está en misa los domingos, o quemarán los altares. Si yo lo dicto habrá racionamiento, todos tendrán los mismos derechos, bienes y todos asquerosamente iguales, menos yo. Pero eso sí, en mi patria ya no habrá más corruptos bajo pena de muerte.
Cambiaré los nombres a las calles, escudos y banderas, desgarraré tradiciones y conservaré al estilo más rancio lo que me venga en gana. Puedo encarcelar por ideología o vida personal, e incluso fusilar a quién quiera. Soy el caudillo del pueblo, el libertador de la patria, el mayor revolucionario. Llámame Adolf, Guevara, Bahamonde, Iósif, Benito, Vladimir, Mao, Augusto o Hugo. Alza la mano, alza el puño, pero jamás se te ocurra alzar la voz. Yo soy el gran dictador.


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